Autobús nocturnos – Desde Estambul, hasta Capadocia

Autobús nocturnos – Desde Estambul, hasta Capadocia

Deseando volver a Estambul para jugar de nuevo al Backgammon con Hilal.

Perdiendo al Backgammon.

– ¿Otra vez? -pregunto indignado.

– Es normal, estás aprendiendo – responde Hilal entre carcajadas.

– ¡Has ganado todas las partidas!

– ¡Es la primera vez que juegas al backgammon! – Casi llorando de la risa por mi indignación.

– ¿Sabes si aquí tienen shishas? – digo con mi orgullo herido, pero disfrutando del momento que estamos pasando juntos.

– Sí, en esta calle la mayoría de bares tienen, lo que yo no fumo, pero puedes pedirte una si quieres.

– Vale, ¡disculpa! – digo llamando al camarero mientras ponen un partido de la selección de Turquía y todo el mundo se levanta para escuchar el himno.

Una pequeña parada.

He hecho un stop en mi viaje en Estambul, Hilal una vez más me ha acogido con los brazos abiertos y me ha enseñado la ciudad.

– ¡Uouh no sé si la shisha estaba fuerte o si fue algo que comí, pero no me siento muy bien!

– ¿En serio? Pues te espera un autobús nocturno de 13 horas a Capadocia.

– Bueno espero que todo vaya bien.

Hilal me acompaña hasta una pequeña oficina en el medio de Estambul, donde un minibús me recogerá para llevarme a la estación principal dónde cogeré el autobús que me lleve a la famosa ciudad de los globos aeroestáticos.

– ¡Me lo he pasado genial estos días! ¡Gracias una vez más!

– ¡Vuelve cuando quieras! En Estambul siempre quedan cosas por ver, esta ciudad es demasiado grande como para verla en un par de días.

Tanto de noche como de día, Estambul es una de mis capitales favoritas.

Algo no va bien.

No sé si es la shisha o algo que comí, pero comienzo a sentirme un poco mareado.

– Bueno este es tu autobús, ¡ten cuidado con tus aventuras y seguimos en contacto!

– ¡Sí, gracias! y dale las gracias a tus amigos también – digo mientras me subo cargando mis mochilas a un minibús dónde parece reinar el silencio y el cansancio.

Me siento, trato que la fina brisa que entra a través de un respirador del techo me dé en la cara. No me siento muy bien.

Pronto llegamos a la terminal de Harem, a las afueras de Estambul. Todavía queda una hora para que salga mi autobús, pero están dando el partido de fútbol en la tele,  tal vez eso me ayude a despejarme.

No ayuda.

El sonido de descompresión de los frenos me hace saber que ha llegado, lo identifico, veo un cartel en el frontis que dice “Cappadocia”, sí, es el mío. El conductor no parece hablar nada de inglés y el chico que se baja tampoco, un revisor que ya parece tener muy malas pulgas.

Dejo mis mochilas en el maletero y subo con la fe de encontrar un asiento al lado de la ventana, pero todas están cerradas y los respiradores parecen estar estropeados. Encima hace un calor que no se si proviene de mi malestar o del autobús, pero lo que si que tengo claro es que ese olor a tabaco y ese polvo que sale de los asientos, no soy yo el que los causa. A pesar de todos mis males, parece que somos pocos, por lo que tengo espacio para recostarme entre dos asientos.

No tardamos en arrancar y yo entre sudores y escalofríos logro quedarme dormido.

Algo que comí en Estambul parece que no me sentó bien del todo.

Primer stop.

Frenazo, nos detenemos, hemos llegado a nuestra primera parada. Estoy muy mareado, quiero salir a tomar el aire, pero siento que me voy a caer al suelo si intento levantarme. ¡Oh dios mio! ¡Tengo que salir! Me levanto, comienzo a apoyar mis manos en todos los cabezales para mantener el equilibrio hasta la puerta, bajo unas escaleras que parecen más inclinadas de lo normal ¿o soy yo?

¡Tengo que ir al baño! ¡No! ¡No hay tiempo! Procuro alejarme lo máximo posible del gentío, no llego muy lejos apenas a 20 metros, sigo estando a la vista de todos, caigo de rodillas al césped y lo echo todo. Comienzo a vomitar como si no hubiera un mañana.

Las personas de aquella terminal deben mantener aún vivo el recuerdo de mi experiencia.

Una mala imagen.

No me hago una idea de la imagen que tengo que estar dando. Todo lo que eran murmullos y conversaciones se han convertido ipso facto, en un soberano silencio.

Vale, creo que me siento mejor, puedo caminar, decido ir al baño de la estación pasando en medio de todo el gentío. Mi show continúa en el baño hasta que escucho de fondo unos gritos en turco. ¿Nos vamos ya? ¡No quiero perder mi autobús, todas mis cosas están ahí!

Vuelvo lo más rápido que me permite el cuerpo y sí, ahí está el revisor con muy mala cara diciéndome que me suba, como diciendo, ¡sube maldito borracho que menudas nos has dado!

No tengo ganas, ni energía para discutir por lo que subo mientras siento como si estuviera gritándome en el oído y su voz rebotara en el interior de mi cabeza. Unos escalofríos me invaden el cuerpo.

Me subo al autobús y una señora parece haberse apropiado mis asientos, los únicos a los que parecía llegar algo de aire. Bueno, no te preocupes, si te duermes llegaremos rápido a la próxima parada me digo mientras encuentro un nuevo par de ellos libres entre los que recostarme en una posición fetal, notando la falta de oxígeno y el movimiento de nuestro  vehículo, intento dormirme. Después de una media hora, de sudor frío y malestar lo consigo, caigo en las tierras de Morfeo.

Tirón, frenazo,las luces se encienden, el resoplar del aire de la descompresión de los frenos me hace recordar dónde estoy, y lo mal que me siento. Esta vez parezco tener algo más de energía, por lo que me pongo de pie y procuro salir con la mayor dignidad posible.

Vale, puede que no esté tan bien, ¡tengo que llegar al baño!

-¡Bir lira!

– ¿Eh? – Pregunto con una cara de no muy buenos amigos a un señor que se encuentra en una silla junto a la puerta del baño.

-¡Bir lira!

– No, turco, no, entiendo.

-¡bir lira, banyo, bir liraya mal oluyor!

– Te está diciendo que el baño cuesta una lira – me dice un dependiente de la tienta colindante, que parece  defenderse con el inglés.

– ¡Ah! Vale, perdona – digo mientras saco la cartera y trato de encontrar una lira suelta – Aquí está, aquí tienes tu lira.

Bueno creo que lo que ese hombre estuvo escuchando los siguientes diez minutos bien merecían que le pagara un par de liras.

Unas cuantas liras turcas.

En movimiento.

Todavía no estoy bien del todo, pero procuro volver antes de que el puto revisor comience a gritar. También aprovecho para comprar una botella de agua, igual eso ayude.

Miro mi reloj, llevaremos unas 6 horas de trayecto, por lo que estaremos a mitad de camino. Tomo las últimas bocanadas de aire fresco y vuelvo a mi suit presidencial, dos asientos de autobús.

El revisor está dando cafés a los distintos pasajeros y parece que esta vez me mira con menos cara de asco y algo más de pena. Gestos que uno agradece. Digo que no a mi derecho de tomar café y me recuesto de nuevo en posición fetal.

Un sudor frío vuelve a recorrerme todo el cuerpo, pero a su vez noto que mi estómago está vacío, por lo que parece no haber riesgo de vómitos. No tardo en quedarme dormido.

Me despierto, me equivocaba, mi cuerpo no estaba vacío, pero esta vez no estamos detenidos en una estación, ¡estamos en medio de una autopista y quedan varias horas para nuestra próxima parada! Me acerco al revisor, él se encuentra en la escalera, preparando más cafés.

– Hola, ¿inglés?

– ¡Değil! ¡değil!

– Vale, vale, ¿tienes bolsas? – le pregunto mientras le hago el gesto con las dos manos de sujetar una bolsa por las azas, seguido de un gesto que imita lo que llevo haciendo en todas las paradas.

– Al ve çık buradan – me dice mientras me da las bolsas.

Me quedo sentado en el escalón, no tengo fuerzas para volverme. Sin embargo, él tiene otros planes para mí, nada de quedarme ahí sentado, me hace gestos con la mano para que me vaya a la última fila de asientos. Lo entiendo, yo tampoco querría estar en primera línea de fuego.

Bueno, con la bolsa en la mano y recostado en mí asiento, parece que ya no tengo tantas ganas de echarlo todo, sin darme cuenta, termino quedándome dormido.

El trayecto no se me pudo hacer más largo, pero bueno, al menos esta noche no sería una de esas que olvidas, sino de las que se te quedan marcadas en la cabeza.

No tardé en cambiar de autobús y en esta ocasión si que alguien vino a ver que tal estaba.

No parece tan guay viajar solo cuando uno está enfermo. Sin embargo, desde el primer día que preparas las mochilas, sabes que es algo que puede que ocurra y que incluso se repita a lo largo de tus viajes. El lado positivo de todo esto, es que cuando estés en casa acompañado y te dé fiebre o malestar de estómago, sabrás valorar esos cuidados que te dé un familiar o ser querido.

Un final feliz.

El cielo comenzaba a iluminarse y el alba mostraba el inicio de un nuevo día. Estábamos llegando y a mí todavía me esperaba otro autobús de media hora y caminar 2 kilómetros con las mochilas a cuestas. Aunque Gracias a dios, mi cuerpo parecía haber recuperado algo de energía y gracias a dios, más rápido de lo esperado, estaba entrando por la puerta de mi hostal en Capadocia.

-¡Hola Omar! ¿Eres tú no? Soy Raúl. – Me decía un hombre de unos cuarenta y tantos años en un español neutro – ¿Cómo estás?

-Bueno la verdad que no muy bien, agradecería saber cuándo voy a tener la cama, porque creo que me he intoxicado con algo que he comido en Estambul.

– Ostias ¡menuda putada! Bueno siéntate que en nada te tenemos el cuarto listo.

Y así fue mi llegada a Capadocia, no la ideal, pero sí inolvidable. Un lugar dónde pasaría 2 días en cama, antes de comenzar a visitar esa famosa región de Turquía, conocida por sus amaneceres repletos de globos aerostáticos.

No era esta la primera vez que me encontraba enfermo de viaje, pero siempre el cachetón que te mete el estar tu solo, sin nadie que te traiga una sopa calentita y tener que compartir cuarto con personas que no conoces de nada mientras estás tiritando bajo la manta, no es algo que digamos agradable.

Experiencias que van incluidas en el pack de viajando solo como mochilero.

Pronto pasé unos días en Capadocia que bien merecieron todo el sufrimiento.

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