Mi primer día en Arabia Saudita: Desde Áqaba hasta Tabuk – Parte 1

Parte 1: Bordeando el Mar Rojo

Un recorrido que terminaría siendo de unos 300 kilómetros y que el siempre optimista de Google tasaba en poco más de 3 horas.

– ¿Por qué usan un todoterreno como taxi? Este coche debe consumir bastante – pregunto mientras el jeep se adentra en la autopista.

– Bueno, la mayoría de turistas van al desierto de Wadi Rum y ahí nos hace falta. No son muchos los que nos piden que los llevemos a la frontera con Arabia Saudita – sonríe – ¡Y quita esa cara de asustado que todo va a ir bien!

– Me preocupa vaciar mi cuenta y quedarme sin ahorros – digo excusándome – he estado mirando en Google y no hay hostales, más allá de Meca o Medina. El transporte parece ser bastante caro y no es que uno encuentre muchos itinerarios en internet.

– Tranquilo, ya verás que no tendrás problemas, los sauditas son muy hospitalarios. – Dice Hassan. Un conductor que no sé si es demasiado optimista o solo quiere consolarme.

Me dirijo a la frontera de Arabia Saudita con el único plan de: hacer unos 300 kilómetros en autostop hasta Tabuk, para después si tengo suerte me quedaré en la casa de una familia que he encontrado a través de Couchsurfing. También tengo la opción de quedarme en un hotel, en caso de que mis anfitriones no respondan.

Cambio de vehículo.

Avanzamos por una autopista desierta, a mi derecha se encuentra el mar Rojo y a mi izquierda montañas de arenisca, sin nada que destacar, salvo algún que otro hotel en construcción.

– ¡Mira ese coche tiene la matrícula de Arabia Saudita! – Dice Hassan contento de dar por fin con otro vehículo – Tal vez nos haga el favor de ayudarte a cruzar la frontera.

– No sé yo – Respondo poco convencido.

– Necesitas cruzarla en un vehículo, no se puede cruzar a pie.

Como si de una película americana se tratara, nos ponemos detrás del vehículo saudita y le picamos las luces, pero poco dura la carrera. Hassan le hace unos gestos con la mano y parece entender que se tienen que parar en el arcén.

Dos hombres árabes, de pelo corto y barbas perfiladas, se bajan del coche con las tradicionales túnicas que caracterizan a su pueblo.

– ¡Salam! – dice Hassan mientras se baja del coche.

-¡Salam! – le responden.

A partir de aquí no entiendo una sola palabra de lo que dicen. No sé si me miran mal o es mi imaginación.

Muchos árabes tienen unos ojos profundos, que parecen mirar más allá de lo que uno puede ver.

Fuera como fuese, tiene pinta de que no van a querer llevarme, si no, ¿por qué hablan y gesticulan tanto?

– Ellos te llevan – me dice Hassan.

– Ah, ¡perfecto! ¡Mil gracias! – les digo mientras me cambio de coche y me doy cuenta de que ese sexto sentido llamado intuición no siempre acierta.

– No hablan inglés – me dice un Hassan contento por haber cumplido su misión de llevarme a destino – pero me han dicho que se las arreglarán para poder hablar contigo.

– No hay problema podemos hablar con el móvil. – Escucho a una voz robótica salir del móvil del señor saudita, la cual no es otra que la de Google Translate.

– Gracias – digo sin poder aguantar la risa.

Ellos ríen, el ambiente parece estar bastante tranquilo.

Abdullah parecía haber recorrido cada rincón de Áqaba con su particular 4×4.

Primera parada.

Una vez más me subo en un cuatro por cuatro, pero este parece como si en cualquier momento se fuera a caer a pedazos. El olor a tabaco, me indica que estaban fumando en el momento de nuestro encuentro, y los restos de Doritos del suelo me muestran que estuvieron comiendo, no sé si hoy o hace una semana.

– Yo soy Abdullah ¿Cómo te llamas? – me logra preguntar el conductor.

– Omar – respondo.

-¿Musulmán? – pregunta contento.

– No, cristiano.

-Ahh – me responde algo desilusionado.

Estoy bastante acostumbrado a que esto ocurra, en los países árabes si tienes un nombre musulmán dan por sentado que eres de su misma religión. Esto les crea un sentimiento de empatía y unión que pocas cosas alcanza. No tienen ningún problema con que seas de otra religión, sino es ese golpe que sucede, cuando no compartes algo que creías compartir.

– ¿España? – pregunta el chico del asiento de atrás.

– Sí – río – España, fútbol, ¿Real Madrid o Barcelona? – le respondo apuntándolos con el dedo, como queriendo decir “quiero la respuesta de cada uno por separado”. Ambos ríen, el fútbol es un tema que suele triunfar por estos lugares de Oriente.

– Madrid – me dice el del asiento de atrás.

– Barcelona – responde el conductor.

– ¡Oh! ¡No, no! ¡Barcelona, no! – digo mientras hago un gesto para que me deje en el arcén.

Ambos ríen de nuevo. Esta es una broma que me ha ayudado a romper barreras en infinidad de países y culturas. Una o dos bromas respetuosas, unas cuantas risas y parece que se derrumban esas barreras que muchos llevamos de serie.

Parece que todavía no hemos llegado, pero el coche se detiene.

-As-salamu Alaykum – dice el chico que va sentado detrás, tras darme varias palmadas en la espalda, como si no supiera si abrazarme, darme la mano o todo a la vez.

– Yo duermo ahí – logra decir  en inglés mientras me señala unos edificios junto a la carretera.

– Jajaja vale, vale, salam – digo con una sonrisa mientras me despido.

El coge sus cosas del maletero y se marcha. Como siempre, echo un vistazo para ver que no ha cogido nada mío.

As-salamu Alaykum: que la paz sea contigo.

Salam es una palabra que se utiliza mucho en el mundo árabe tanto para saludar, como para despedirse y significa paz.

¿De los buenos o de los malos?

Nos volvemos a adentrar en la autopista, pero apenas me da tiempo de ponerme el cinturón de seguridad, antes de llegar a un control policial.

– Salam – dice Abdullah a un policía que se acerca a la ventana del vehículo. La conversación no se alarga y pronto nos suben la barrera y nos detenemos junto a unas oficinas.

Parece ser que somos los únicos que estamos cruzando la frontera en este momento. Nada de largas colas o autobuses llenos de turistas. Los policías casi parecen contentos de vernos llegar.

Abdullah me hace un gesto, para que nos bajemos del coche y lo siga hacia el puesto de control de pasaportes. Pronto me encuentro ante el control de pasaportes.

– 40 dinares – me dice un señor tras una cabina de cristal.

-¿Cómo? – pregunto.

– Tasa de salida del país.

– Nadie me contó nada de eso cuando entré.

– 40 dinares.

– Está bien, está bien ¿Puedo pagarte en euros? – Respondo al ver que apenas me quedan unos 10 dinares.

– Tiene que ser en dinares, pero ahí hay una oficina de cambio – dice señalando a través de la ventana a una especie de gran contenedor hecho con pladour, pero que una pequeña escalera, y un cartel junto a la puerta, indican que se ha convertido en una casa de cambio.

Abdullah hace el gesto de querer pagar él, pero le insisto en que no lo haga y salgo de la oficina antes de que pueda hacerlo.

– Buenos días – digo al entrar en el contenedor de pladour, seguido de Abdullah, no muy contento por no haberle dejado pagar.

– Buenos días, ¿viene a cambiar dinero? – Dice un señor sentado tras un pupitre, con unas gafas colgadas del cuello y un cigarro en a mano.

– Sí, querría cambiar eu… dinares iraquíes – digo al recordar que todavía me quedan unos cuantos de mi viaje a Iraq.

– ¿Pero tienes de los buenos o de los malos? – dice mientras se coloca las gafas y muestra una sonrisa a la que le faltan varios dientes.

– No lo sé – digo sin pillar muy bien la broma.

– Esos son los buenos – dice señalando a la pared con el bolígrafo a uno de los tantos billetes que habrán pegados en el muro – los de Sadam Husein.

– Ahh esos – río – bueno de esos tengo uno que compré en Érbil como recuerdo, pero no, no tengo.

– También aceptamos euros y dólares – dijo el hombre, una vez satisfecho con sus bromas.

– De acuerdo, aquí van 10 euros.

Un billete de los “buenos”.

Segundo control.

– Aquí los tiene, sus 40 dinares – digo a mi regreso al señor de la cabina mientras le entrego el dinero.

– Gracias – responde una de las personas con menos carga de trabajo de toda Jordania.

Bueno, ahora sí que sí, Abdullah me hace un gesto y nos dirigimos a su coche. Parece que por fin vamos a entrar en Arabia Saudita.

No, nos movemos mucho, como en la mayoría de fronteras, ambos puestos de control se encuentran muy cerca. Saco mi visado, pasaporte, boletín de vacunas y pronto estoy de camino a una nueva oficina con Abdullah.

Pronto veo cumplidos  uno de mis prejuicios de Arabia Saudita, la segregación de sexos, y es que dependiendo de si eres hombre o mujer, tendrás que ir una oficina u otra. Abdullah parece haber cruzado esta frontera un millón de veces y va a la que nos corresponde sin tan siquiera mirar a los carteles.

– Buenos días – digo al llegar, pero no me hacen ni caso. Abdullah parece ser bastante conocido por aquí, porque todo se convierte en un mar de abrazos y palmadas en la espalda.

– Buenos días – repito.

– Salam –  responden– pasa por aquí – dicen mientras me señalan el camino.

No hay nadie, por lo que no pasa mucho tiempo desde que entro, hasta que comienzan a tomarme una serie de fotos, las huellas dactilares y la documentación.

– ¿Motivo de su visita?

– Turismo.

– ¿De dónde eres?

– De España.

– Ah, La Liga – escucho decir a un agente al fondo de la sala.

– Sí, Real Madrid – respondo. Todos ríen. El ambiente se relaja.

El papeleo lleva unos 10 o 15 minutos. Aun así, no dudan en decirme que me siente en el sofá para que espere tranquilo, incluso me invitan a tomar algo de café.

– ¿Te quedas esperando aquí o te vienes? – me pregunta Abdullah a través de su móvil.

– Voy contigo. ¿A dónde vamos? – pregunto a su móvil, el cual traduce lo que digo al árabe.

– A revisar el coche. Tienen que ver que no hay drogas o explosivos – me contesta.

Los sauditas tienen una gran devoción por estos animales.

Y voilà.

– ¿Tienes hambre? – me pregunta Abdullah utilizando el móvil una vez más, mientras unos pastores alemanes olisquean el vehículo.

– Un poco – respondo – pero primero tengo que llegar a Tabuk.

– ¿Tabuk? Eso son entre 3 y 4 horas en coche, ¿Cómo vas a ir?

– Pues haciendo autostop – digo mientras me rasco la cabeza.

– ¿Te busco un taxi? Creo que por 100 euros alguien podrá llevarte.

– No, gracias, voy a intentarlo primero a mi forma. No quiero gastar tanto dinero.

– De acuerdo – responde pensativo, como tratando de buscar una mejor solución a mi problema.

– Ya está todo– dice el policía que revisaba el coche – pueden irse.

Y voilà, aquí estoy en Arabia Saudita ese país que me hace temblar por mi bolsillo, mucho más que lo que lo consigue hacer las noticias de la prensa.

¿Quiéres saber cómo termina esta historia?

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Me adentraba en un país donde apenas había información en internet, pero demasiada en la prensa.

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