Desde Iraq hasta Georgia – Primera Parte

Desde Iraq hasta Georgia. Primera Parte.

Como diría Cervantes. En un lugar de Iraq, de cuyo nombre no quiero acordarme.

¿Y mi autobús?

-¿Inglés? ¿Alguien habla inglés? – digo mirando el reloj y viendo que solo quedan 15 minutos.

No me logro comunicar con nadie, el autobús debería estar aquí, pero parece que uno no siempre se puede fiar de Google Maps.

Llaman a un chico joven, apenas sabe 4 palabras en inglés, todos lo miran esperando que me entienda.

– ¿Dónde está el autobús? – le digo – Autobús dirección Turquía, ¿Me entiendes? – pero parece ser que no.

Ellos gritan, discuten, me hacen subir a un taxi, noto el pulso acelerado y ese calor que no sabes si proviene del sol o del estrés. Por fin creo que me han entendido.

El taxi arranca y ¡BAM! Alguien golpea una y otra vez la puerta dando palmadas. -¿Qué sucede?¿Qué sucede? – Pregunto. Abren mi puerta, me dicen que me baje. No entiendo nada.

¿A qué taxi me subo?

Otro taxista se acerca, parece ser que me encontraba en el taxi equivocado. Nadie protesta, ahora sí que sí estoy en el coche correcto.

– ¡Rápido, rápido o no llegamos! – Digo en un tono bastante elevado a mi nuevo taxista. En la puta vida vuelvo a venir con tan poco tiempo.

Me apreto un poco en el asiento de atrás. El taxi va lleno, y es que al igual que en muchos otros lugares del mundo, los taxis en Iraq se suelen compartir.  Sonrío para relajar tensiones, parece que funciona.

“La sonrisa, es una herramienta fundamental que ayuda a destruir barreras cuando no sabemos el idioma del que tenemos en frente. Un pequeño gesto que significa lo mismo en todas partes.” – Reflexiones del camino.

 

Ahora sí que sí, arrancamos. Me relajo, parece que todo va bien, le echo un vistazo al móvil para ver cuanto vamos a tardar, pero no entiendo nada, estamos saliendo de la ciudad ¿A dónde coño vamos?

-¡Ey! ¡Ey! ¿A dónde me llevas? – le digo. El conductor se encoje de hombros como diciendo “No te entiendo”.

Empiezo a analizar la situación, tengo dos opciones: paso la noche en un hotel o trato de seguir hasta la frontera y encontrar mi autobús.

Mientras trato de llegar a una conclusión, el coche se detiene en medio de la nada. El taxista se baja y con señas trata de explicarme hacia dónde tengo que ir. ¿Qué puedo hacer? ¿Enfadarme con él? ¿De qué serviría?

-¡Gracias, gracias! Salam. – Me llevo la mano al pecho en señal de agradecimiento. Él, muy contento, regresa a su taxi para seguir con su ruta.

Carretera muy cerca de la frontera.

Que comience el autostop.

De acuerdo, vamos a intentarlo, miro en el GPS hacia donde debo dirigirme. Ha llegado la hora de levantar el pulgar. Me siento demasiado expuesto, como una prostituta junto al arcén, todavía no llego a acostumbrarme a la sensación de hacer autostop.

Un coche se detiene.

-Hola amigo, ¿hablas inglés? – Pregunto.

-Más o menos. – Me responde.

-Perfecto. Turquía, quiero ir a Turquía. -Digo con una sonrisa mientras voy llevando la mano al manillar.

Me subo en un Renault Megane negro con un fuerte olor a tabaco, donde el hilo de humo que sale del cenicero me indica que acaba de apagar su cigarro.

-¿De dónde eres? – Pregunta.

– De España.

– ¿España? ¿En serio? ¿Real Madrid o Barcelona? – El trayecto hasta la frontera, como en muchas otras ocasiones, se convierte en una conversación de fútbol que hace que uno se sienta mucho más conectado con la otra persona, sin apenas poder hablar el mismo idioma.

Nos detenemos en el arcén junto a lo que parece ser la frontera. Le doy las gracias y me bajo del coche con un –¡Alá Madrid!-. Él sonríe y se marcha.

Frontera Ibrahim Khalil.

Soldados Kurdo Iraquíes protegen la frontera.

La búsqueda de diferenciación de la región kurda del resto de Iraq es constante.

¿Cómo se cruza la frontera?

Tres chicos se acercan, me rodean, hablan en turco, me dan palmaditas en la espalda y me hacen gestos para que los siga. No me fío. Camino hacia al control y ellos conmigo. A pesar de todo, no me preocupo, esto está lleno de policías y no se me ocurre ningún lugar en el que pudiera estar más seguro que aquí.

Ellos no desisten y me siguen hasta llegar al control de pasaportes, sujeto bien mis cosas y me aseguro que todos y cada uno de los bolsillos están cerrados y la documentación a salvo. Me hablan en turco, pero no entiendo un carajo. Ellos me señalan a un chico joven que se encuentra en una posición bastante avanzada de la fila y me dicen que los siga.

Me acabo de colar delante de más de 50 personas, pero ¿qué cojones? En menos de diez minutos estoy delante del policía de turno.

-Hola, ¿Cuál es el motivo de su visita? ¿Ha solicitado el visado?

-Sí, aquí lo tengo. Quiero cruzar Turquía para llegar a Georgia.

PUM, el policía estampa su sello y me devuelve mi pasaporte. Trato de librarme de mi insistente compañía, pero parecen no querer dejarme solo en ningún momento.

-Gracias, gracias, pero tengo que irme. – Digo bastante serio.

-Esta frontera hay que cruzarla en coche. – Dice uno de ellos, utilizando Google Translate.

Me detengo, lo miro con el ceño fruncido, él asiente y repite.

-Esta frontera hay que cruzarla en coche.

Me acerco al primer policía que veo y le pregunto. Tienen razón, necesito ir en un vehículo si quiero llegar a Turquía. Cruzar a pie está estrictamente prohibido.

-Ven amigo, ven con nosotros. – Vuelve a decirme el experto en Google Translate con una apariencia de lobo vestido de abuelita.

-Ni de coña me subo a tu coche, no te conozco ¿Por qué quieres ayudarme?

-Somos buenas personas. – Dice tratando de parecer sincero, pero dándose cuenta que no tiene ningún sentido.

-Los cojones.

Ellos se ríen, no se lo han tomado mal y para que nos vamos a engañar, yo tampoco, o al menos de momento.

Me muestran su furgoneta, en la que veo subir a una persona que parece estar en las mismas circunstancias que yo.

-¡Buenas! Disculpa, ¿Hablas inglés? ¿Sabes por qué tratan de ayudarnos?

-Sí, claro. Son traficantes de tabaco, necesitan llenar el coche y así poder llevar unas 10 cajas por persona.

-¿Pero hay algún problema? Quiero decir, ¿es legal? – Pregunto sin llegar a tenerlo claro del todo.

-No, no hay ningún problema, todo es legal, no te preocupes. Soy de Irán y tengo que salir del país cada 30 días por temas de visado y siempre lo hago con alguno de ellos– Tiene sentido, el visado en la zona kurda de Iraq es on-arrival y tiene una duración de 30 días. – Nunca he tenido ningún problema, – continúa – lo máximo que nos puede pasar es que nos quiten el tabaco y eso me importa bien poco.

-Muchas gracias, ¿Cuál es tu nombre? – Le pregunto mientras me subo a la furgoneta.

-Hovik ¿El tuyo? – Dice mientras me ayuda con las maletas.

-Omar.

-¿Eres musulmán?

– No, a mis padres simplemente les gustaba el nombre. No hay más.

– Jajaja – Ríe – Mi caso también es poco común, soy iraní, pero provengo de una familia cristiana.

Havik y un servidor.

Tabaco, tabaco y más tabaco.

Bueno, aquí estamos, subidos en un coche lleno de turcos y con una gran cantidad de cajetillas de tabaco. Puede parecer extraño, pero la tranquilidad de Hovik, hace que me sienta mucho más seguro.

Comienza la espera y aprovecho para preguntar en el control si han visto mi autobús.

Ha pasado hace solo media hora, lo he perdido, ya solo me queda la opción de llegar a Diyarbakir y coger mi siguiente conexión.

A partir de este momento la espera se hace eterna, llegamos a estar más de 3 horas sin apenas movernos.

Hovik me habla de su vida y de su oficio: es escultor, trabaja la madera y tiene auténticas obras de arte. Su familia se encuentra en Irán, pero la fuerte crisis que afronta el país ha hecho que se haya tenido que venir a buscarse la vida a Iraq, mandando a su esposa el poco dinero que puede. Pasamos horas y horas hablando de nuestra visión del mundo, de Iraq, de Oriente Medio, del Islam y de un largo etcétera.

Sin embargo, la espera no se me puede hacer más larga, el sol brilla a través de la ventana de la furgoneta y no puede hacer más calor. Encima vamos como sardinas en lata, llenos de bolsas y con la mayoría de los turcos de pie.

De repente surge un encontronazo, un chico quiere subirse al coche, pero no le dejan. El insiste, parece no hacerle ninguna gracia que estén llevando a dos extranjeros, pero que no ayuden a un compatriota.

– Este chico es un cretino, no quería dar nada a cambio y nuestro coche ya está lleno. Nosotros al menos les ayudamos a cruzar algo de tabaco. – Dice Hovik con un semblante serio.

Esta furgoneta está full-equipe y no hablo del modelo.

Un no parar de problemas.

Por fin llegamos al control y nos hacen bajarnos del coche, veo como rápidamente uno de los turcos comienza a meter cajetillas por detrás de la radio. ¡Joder, si este coche va a full! ¡Dios quiera que no nos metan en un lío!

– No te preocupes, la ley es clara, si los pillan, fuera tabaco y listo. – Dice hovik. – Fíjate en la cantidad de coches que están haciendo lo mismo.

Es cierto, hay cuatro líneas de vehículos, dos para autobuses y camiones y otras dos para turismos, donde por un lado tenemos a los extranjeros y por el otro estamos nosotros. Coches turcos, llenos de cajas de cigarro y alcohol.

Me dan dos bolsas, las abro, las inspecciono. Solo hay tabaco. Ok, hayá vamos sigo al grupo y entramos a la sala de control.

Todo el mundo deposita sus bolsas en una cinta, que hace pasar las bolsas por un escáner. La gran mayoría son abiertas al otro lado y parece que sin mucho criterio, una mujer comienza a vaciarlas y a decidir cuánto tabaco puede llevar cada uno. Las malas lenguas dicen que muchos de estos policías terminarán vendiéndoles lo que les han quitado.

Mi turno. Noto las pulsaciones algo aceleradas, pero todo bajo control. Deposito las bolsas en la cinta y se acerca un policía.

– Extienda los brazos – Dice mientras me pasa un detector de metales. – Todo correcto puede continuar.

Regreso a la fila, donde uno a uno van recogiendo sus pertenencias o al menos lo que queda de ellas.

– ¿Son tuyas? – Me dice una agente.

– Si no hay nada malo, sí. – Respondo con una sonrisa un tanto ridícula.

– Continúe.  No hay ningún problema.

Hovik, detrás de mí, sigue exactamente el mismo procedimiento. Al final ha resultado mucho más fácil de lo que esperaba. Nuestros compañeros de viajes se lamentan de las cajetillas perdidas, pero parece que no le han quitado más de lo esperado. Por fin nos subimos al coche, hora de arrancar y dirigirnos a…

– Deténgase ahí. Su coche ha sido seleccionado para realizar un control de rayos X.

Aquí comenzó la historia de un autobús que nunca apareció.

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