Desde Iraq hasta Georgia – Segunda Parte

Desde Iraq hasta Georgia – Segunda Parte

Turquía es una perla que se encuentra entre Europa y Oriente Medio, al alcance de la mano.

El interminable cruce de frontera.

Me voy a cagar en todo, llevamos más de 5 horas para cruzar esta puta frontera y voy a perder mi conexión en Diyarbakir.

-¿Cuánto tiempo tardarán en pasar el coche por los rayos X? – Pregunto.

– No lo sé, esto es la primera vez que me pasa. – Dice Hovik bastante tranquilo. – Me preocupa más tu situación. ¿Cómo vas a llegar a Diyarbakir?

– Pues haciendo autostop, no me queda otra.

– Déjame que encuentre a alguien que quiera llevarte, preguntaré a algún policía.

– De acuerdo, pero si no, tendré que irme. – Digo sin estar muy convencido.

Nuestro coche lleno hasta las trancas de tabaco, vuelve del control de rayos X.

– Todo correcto, pueden continuar. –Dice el agente.

Nosotros nos miramos un tanto sorprendidos y tratamos de alejarnos del agente antes de que cambie de opinión, como si el resultado del escáner de la furgoneta fuera a cambiar de un momento a otro.

Sigue tus instintos.

– ¿En serio? ¿Me están diciendo que no han visto nada sospechoso? – Pregunto a Hovik, él sonríe. Nos vamos.

Y tanto que nos vamos, pero por lo que se ve cada uno en una dirección distinta, Hovik vuelve a Irak, yo a Diyarbakir y los turcos de la furgoneta han desaparecido mientras hablábamos con el agente. Me toca encontrar otro coche que me lleve a mi siguiente destino.

Una cosa que he aprendido a lo largo de mis viajes es a dejarme llevar por el instinto, escucharme a mí mismo y no hacer lo que me digan los demás, si no estoy de acuerdo. Uno no tiene ningún problema a la hora de asumir las consecuencias de sus propios errores, pero cuando son los de otro, no se digieren tan fácil.

Este aprendizaje no quiere decir que no la cague a veces y sigan lo que me digan los demás, ya sea por pura inercia o porque no quiera ser descortés con personas que te han ayudado.

Este es el caso de hoy, podría haberme quedado en la furgoneta con los turcos, acercarme a la población más cercana y hacer autostop, pero Hovik insistió una y otra vez en encontrar a alguien que fuera a Diyarbakir. Después de casi una hora, no encontramos a nadie.

Aun así, no puedo enfadarme con él, Hovik ha sido de una gran ayuda durante todo el día de hoy y no me deja irme hasta que no cojo el equivalente a ocho euros. – Por lo que pueda suceder – me dice – necesitarás efectivo.

Hovik no acepta irse hasta que damos con un soldado que acepta seguir con la misión de encontrarme un vehículo que vaya a Diyarbakir.

Este militar, policía, o qué se yo, no me puede parecer más rastrero, no por mí, sino por la confianza que mi amigo iraní había depositado en él. Una vez que Hovik desaparece, el soldado me dice. – Puedes irte.

Marcho con sentimientos encontrados, por un lado muy agradecido por la ayuda de Hovik, pero por otro lado, ando molesto por haberme hecho perder una hora y ver que se me viene el tiempo encima.

Hovik tenía la esperanza de encontrar a algún camionero que fuera a Diyarbakir.

Cada loco con su tema.

Pocas fronteras se encuentran en medio de una ciudad y esta no es una de ellas. Comienzo a hacer autostop al inicio de una autopista, en medio de la nada, por donde solo pasan camiones y algún que otro coche.

El sol continúa acercándose peligrosamente al horizonte, todo apunta a que también perderé mi segundo autobús.

Tardo una media hora en conseguir que un coche se detenga. Se trata de un albañil que trabaja cerca de la frontera y por lo que se ve, acaba de terminar su turno. Me dice que podrá acercarme unos cuantos kilómetros a un punto donde me resultará más fácil hacer autostop. Agradecido, me subo a un Renault lleno de cemento y escayola.

Cuando uno se encuentra en estas circunstancias, uno se da cuenta de la humildad de las personas, de lo mucho que ofrecen los que menos tienen, de cómo no miran hacia otro lado cuando ven que alguien necesita ayuda.

De nuevo en el arcén, me encuentro mucho más tranquilo, parece que todo va a ir bien. Puede que pierda mi autobús en Diyarbakir, pero bueno, dormiré en la estación de autobuses si no queda más remedio.

¡Parece que esta vez he tenido mucha más suerte! Dos jóvenes se detienen a los pocos minutos de levantar mi dedo pulgar.

– Bienvenido a Turquía. – Dicen casi a la vez, mientras me subo al coche.

– Muchas gracias. – Respondo con una sonrisa – Me dirijo a Diyarbakir, ¿Os pilla de camino?

– No, pero podremos acercarte unos cuántos kilómetros.

– Vale, perfecto.

– ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? – Dice el que va sentado en el asiento del copiloto.

 – Omar, España.

– ¿Eres musulmán? – Cuando tu nombre es Omar te preguntan infinidad de veces si eres musulmán. Si es que no lo dan por sentado.

– No, pero a mi familia le gustaba como sonaba el nombre.

– Sólo los musulmanes podrán ir al reino de los cielos – responde el copiloto- estudia el Corán – dice mientras su sonrisa se torna en una facción bastante seria.

– Muchas gracias – digo sin saber muy bien por qué- estoy leyendo el Corán, tendré tus palabras en cuenta. – Siempre llevo conmigo una versión en pdf de la biblia y otra del Corán en el móvil. El único fin que tienen es el de culturizarme, pero en estas circunstancias suele ser útil. – Mira aquí lo tengo.

– Ah muy bien, me alegra saberlo. ¿Qué piensas del PKK? – El conductor lo mira con cara de ¿pero por qué coño le preguntas estas mierdas?

– No sé, ¿tú que piensas?

– Que son terroristas. ¡Criminales!

– Eso mismo pienso yo. – Digo tratando de mostrar que estoy totalmente de acuerdo con él, sea cual sea su opinión –Bueno podéis dejarme por aquí, voy bien.

– Perfecto, un placer. ¡Disfruta de Turquía!

– ¡Chao!

Bueno, algún loco me tenía que  tocar, ellos siempre hacen las historias más interesantes. Aunque a nivel personal, no creo que estuviera loco, simplemente era un muchacho que apenas rozaría la veintena y debido a su corto intelecto e inmadurez, no dio con las palabras adecuadas.

En esta región de Turquía nos encontramos con una gran presencia militar debido a los incidentes con el PKK y la frontera con Siria.

Un ángel caído del cielo.

El cielo ha comenzado a ponerse gris, pero yo todavía tengo mucho por recorrer. Una vez más, ha llegado el momento de sacar mi dedo pulgar y situarme en el arcén. Apenas diez minutos más tarde un Renault Kangoo reduce la velocidad y se detiene a mi altura.

Ahmed, el conductor, tiene una cara afable, sonríe y me pregunta que a dónde me dirijo. Le explico mi situación y me dice que no me preocupe, que encontrará la forma de ayudarme. Este trayecto tiene pinta de que va a ser mucho menos incómodo que el anterior.

Solemos tener la cara que nos merecemos o al menos un rostro que identifica nuestra personalidad, y no hablo de belleza, sino de líneas que se nos van marcando con el pasar de los años y que muestran nuestros gestos.

– ¿Nos paramos a tomar un té? – Me pregunta.

– No tengo mucho tiempo, necesito llegar a Diyarbakir antes de las ocho.

– No te va a dar tiempo, pero podrás tomar otro autobús a las diez. – Me responde– Yo no voy a llegar tan lejos, pero de camino hay una parada muy conocida por los camioneros, hablaré con alguno para que te lleve.

– ¡Buah, perfecto! Un millón de gracias. – No podría estar más agradecido.

Llegamos a una cafetería de carretera que se encuentra enfrente de un gran número de camiones aparcados, parece que hemos llegado.

Entramos en la cafetería, Ahmed comienza a hablar con los distintos transportistas para ver quién sigue mi misma dirección, yo exhausto no aguanto más y me siento junto a la barra del bar. A los pocos minutos vuelve con una respuesta.

– He encontrado a un transportista. – Dice con una sonrisa. – No habla ni papa de inglés, pero los próximos cien kilómetros los dos os dirigís hacia el este. Saldréis dentro de una hora.

Todavía queda bastante recorrido para llegar a Georgia, pero noto como mi cuerpo se desprende de toda la tensión y se relaja.

– ¿Quieres comer algo? – Me pregunta Ahmed.

– No, muchas gracias – digo con un fuerte vacío en el estómago, mientras veo un cartel que indica que no aceptan tarjetas. Ahmed sonríe.

Los camareros no tardan en traerme una gran variedad de platos.

– ¡Madre mía! ¡Ahmed! No sé cómo darte las gracias.

– No hay por qué darlas – responde.

Estas situaciones siempre me dejan un sabor amargo, Ahmed no sería tratado así en España. A todo el mundo le daría igual su vida, y no digamos ya el tema de echarle una  mano a este tío que no conocemos de nada.

Ahmed se despide, debe quitarse su capa de superhéroe y seguir con su vida normal. Le doy las gracias un millón de veces y finalmente se va.

Desde muy pequeños nos surge esa bendita curiosidad de querer saber que hay al otro lado del muro, al otro lado de la frontera.

Resulta increíble el miedo inculcado a nuestra sociedad por medio del noticiario, dándonos a conocer noticias que no son otra cosa que sucesos extraordinarios. Acontecimientos que ocurren en muy raras ocasiones y por eso son dignas de ser mostradas en la televisión. – Reflexiones del Camino.

Terminator.

Un camarero me presenta a mi próximo conductor, un señor alto, fuerte, de pocas palabras. Este turco que a mí me gusta imaginar como una especie de Terminator de Oriente Medio, me hace gestos para que lo siga.

Nunca antes me había subido a un camión, pero aquí estoy, al sureste de Turquía, lanzando mis mochilas y haciendo escalada hasta una cabina que se encuentra a varios metros sobre el suelo.

Durante este recorrido reina el silencio, la oscuridad, pero sobre todo una serie de lucecitas en línea que se encuentran a unos cien metros a nuestra izquierda y que iluminan una valla que no es otra que la de la frontera con Siria.

No para de venírseme a la cabeza las imágenes del conflicto que ha habido entre el ejército turco y los kurdos durante las últimas semanas, pero gracias a dios han llegado a un acuerdo de paz hace solo un par de días, por lo que no debería ocurrir ningún incidente.

-Chao – dice el transportista tras noventa minutos de boca cerrada.

-Chao – digo mientras lanzo mi mochila, cruzando los dedos esperando que nada se rompa.

Nunca abandono un vehículo antes de sacar todas mis posesiones, especialmente si el conductor es Terminator.

Unas lucecitas que flotaban en medio de la oscuridad, mostraban donde se situaba la frontera con Siria.

Suficiente ayuda por el día de hoy.

Estoy a unos 50 kilómetros de mi destino, pero la noche es cerrada y va a resultar mucho más difícil encontrar un vehículo que corra el riesgo de detenerse para llevar a un muchacho cargado de mochilas. Aun así lo intento.

Una motocicleta que apenas puede con su propio peso se detiene. En ella van un matrimonio y su hijo, me preguntan que a donde voy, que todavía hay espacio si nos apretamos un poco. No puedo más que reír y darle las gracias, pero no vamos en la misma dirección.

Comienzo a mirar a la cuneta, tengo un saco de dormir en mi mochila y tal vez ha llegado la hora de buscar algún lugar donde dormir. Aunque decido seguir intentándolo.

 Después de cuarenta minutos, un vehículo se detiene, pero no un vehículo cualquiera, y es que esto es un jodido milagro. Se ha detenido un autobús, con un cartel que dice “Diyarbakir”.

El revisor se asoma y hace un gesto para que suba al autobús, en el que intento no hacer ruido y es que la gran mayoría de los pasajeros están durmiendo.

– ¿A dónde vas? – Me pregunta el revisor.

– A Diyarbakir. – respondo con un susurro.

– El precio desde aquí sería de 120 liras.

– No tengo liras turcas, hoy he cruzado la frontera desde Iraq. – Respondo temiendo tener que bajarme del autobús.

– ¿No tienes nada? – insiste.

-Un momento – digo recordando los 10.000 dinares iraquíes que me había dado Havik, abro la cartera y voilà – Solo tengo esto. – Digo mostrando el billete.

– Vale, de acuerdo. – Responde el revisor dándose por satisfecho.

Uno de los pasajeros nos observa, se acerca a mi asiento y me pregunta:

-¿Necesitas dinero?

– No, no gracias, ya he recibido bastante ayuda por el día de hoy – digo con un agradecimiento sincero, pero con el único deseo de dormir.

– Cualquier cosa que necesites, ahí estoy sentado, no dudes en preguntar.

– Muchas gracias – repito sin saber muy bien cuántas veces lo he dicho a lo largo del día.

Me recuesto en el asiento y no tardo en cerrar los ojos, aunque solo sea una hora.

Mezquita de Diyarbakir al anochecer. Aunque esta vez solo visité la estación de autobuses, ya había visitado esta ciudad que tanto de día como de noche es digna de admirar.

Noche de hotel.

Se encienden las luces, logro espabilarme un poco mientras el autobús se detiene, hemos llegado a Diyarbakir.

El calor ha sido sustituido por un aire frío, es la una de la mañana y he perdido la posibilidad de tomar ningún autobús directo a la frontera del norte. Aun así logro comprar una combinación de autobuses que me llevarán al mismo destino.

Resulta extraño, pero cuando me subí al autobús en Diyarbakir y supe que iba a permanecer ahí sentado un mínimo de 10 horas, me sentí como el que se acuesta en la cama de un hotel de cinco estrellas. No pude alcanzar un sueño más profundo.

Después de casi 48 horas desde que salí de Irak, me subo a una pequeña furgoneta que nos lleva a todos a la frontera de Georgia. Este será un relato para contar a mis nietos, pensaba mientras me revisaban varias veces el pasaporte en la frontera georgiana, sin entender por qué venía directo desde Irak.

Fuera como fuese, pasaría más de un mes en este hermoso país del Cáucaso, una joya que se resistía en mi lista de pendientes y que superó todas y cada una de mis expectativas.

Frontera Turquía-Georgia. Podría decir que me moría de ganas por visitar este país cuando crucé la frontera, pero sinceramente solo tenía ganas de llegar al hostal y descansar.

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