Mob Justice

Mob Justice

En algún lugar de Mombasa.

¿Qué sucede?

Mientras un aire seco nos resquebraja la garganta y el sol nos acribilla con sus 30 grados a la sombra, caminamos entre casas de barro y paja por un camino de tierra, en el que van quedando marcadas nuestras huellas.

– ¿Falta mucho? – Pregunto.

– Ya estamos llegando – me dice Rachel con la respiración entrecortada. – Nos queda esta, dos casas más y habremos terminado. – dice mientras se detiene junto a la sombra de un árbol.

– ¿Dónde están las otras dos? – pregunto contento de que haya tomado la decisión de detenerse.

– Se encuentran en otro vecindario a un par de kilómetros de aquí, pero iremos en bora-bora.

– Odio esas motos, nunca llevan casco y siempre van al filo del accidente.

– ¿Quieres caminar entonces?

– Los bora-boras no están tan mal, después de todo – digo entre carcajada.

A lo lejos, una persona parece venir corriendo hacia nosotros. ¿Estará huyendo de algo? Pero parece ser que no es solo una. Una multitud comienza a salir corriendo de entre las casas mientras gritan en el idioma local. Decido subirme al árbol para ver qué sucede. El mismo suceso se está repitiendo en las calles colindantes.

-¿Qué ocurre? ¿Qué están diciendo?- Pregunto.

– Han matado a alguien, ¡Rápido! ¡Sígueme! – Responde Rachel con una tensión que ha eliminado toda muestra de agotamiento.

– ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos? – pregunto mientras Rachel sujeta mi mano y me lleva en la dirección contraria de esta marea humana.

– ¡Ya estamos llegando! – Grita – nos resguardaremos en su casa hasta que la situación se tranquilice.

De vuelta al trabajo.

Vamos tan rápido como la muchedumbre nos permite, nos encontramos en una de las favelas más pobres de toda Kenia, pero no debería suceder nada más allá de un posible robo.

Tras unos minutos que parecieron horas, giramos hacia una calle fuera de la principal, por lo que el gentío se reduce.

– Aquí es – dice Rachel más tranquila, mientras abre una puerta en una casa que al menos está hecha con piedras.

Una mujer se nos acerca y abraza a Rachel, hablan en suajili, pero no hace falta hablarlo para darse cuenta de que se alegra de que hayamos llegado.

– ¿Dónde está el niño? – pregunta Rachel a la familia, olvidando que no hablan inglés. Ellos la miran extrañados y pronto lo repite en suajili.

La mujer nos indica el camino, llegando a un patio que parece unir varias viviendas y que se ve cobijado a la sombra gracias a varias hojas de palmera.

Una vez más, Rachel repite el procedimiento que lleva realizando toda la mañana, toma al niño, lo mantiene en una posición erguida y comienza a tomar las medidas.

– Necesitará una silla de ruedas readaptada, el modelo estándar no le servirá, tiene problemas en el cuello – dice en un vocabulario sencillo para que mis escasos conocimientos en la materia no afecten a la transmisión del mensaje.

Apunto en una lista lo que me ha dicho y las medidas que me va dictando.

– Hemos llegado al máximo de las sillas “especiales” – digo algo preocupado – los fondos no nos llegan para más, así que el resto tendrá que recibir sillas normales o la ONG buscar nuevos patrocinadores.

– Haremos lo que podamos – dice con una resignación a la que parece haberse acostumbrado.

El caso de una niña del pueblo en que vivíamos fue el que nos llevó a querer comenzar con el proyecto de realizar 10 sillas de ruedas.

Debido a que la silla de ruedas que necesitaba debía tener unos requisitos específicos descubrimos la ONG APDK.

Uno de los empleados de APDK fabricando sillas de rueda.

Hay que terminar el trabajo.

La situación no está como para volver a la calle, así que la familia nos invita a tomar un té, el cual recibo con gusto, el agua habrá sido hervida previamente, así que no corro riesgo de intoxicación.

La familia comienza a hablar con Rachel en suajili y yo lo agradezco. Estos son momentos de desconexión, una meditación del camino, un reposo de una alerta constante.

– Ha habido un incidente, parece ser que la policía ha matado a alguien – dice preocupada – pero parece que la situación ya se ha calmado.

Me parece increíble la capacidad de Rachel para normalizar todo lo que acaba de ocurrir.

– Vamos – me dice- todavía quedan dos familias por visitar.

Continuamos el día sin mayores incidencias, más allá de los locos bora-boras que deben ser los causante del 50% de las muertes de este país.

Una vez hemos concluido nuestro trabajo con las dos familias restantes, nos despedimos con un abrazo, el día de hoy bien lo merece.

Rachel es una de las pocas personas en todo Kenia que no vota al partido de su tribu, sino que se informa, lee, pregunta y vota por lo que es justo. Unas cualidades bastante difíciles de encontrar en un país donde los kikuyu votarán por kikuyu y los luo por luo.

Bombolulu es un centro que da trabajo a más de 100 personas con problemas de movilidad.

Estas mujeres que han conseguido un trabajo, no solo consiguen ser autosuficientes, sino sacara adelante a sus familias, gracias a su trabajo con APDK.

APDK no solo ayuda a personas con problemas de movilidad u otros problemas físicos, sino que además les ayuda a encontrar trabajo y ser autosuficientes.

¿Qué sucedió?

Al anochecer, Eunice, madre de la familia con la que estoy viviendo aquí en Kenia, me explica lo que había sucedido y es que lo han emitido en las noticias mientras yo no estaba.

Una persona del barrio que visitábamos había asesinado a su hermano, suceso por el cual había sido detenido, pero por falta de pruebas tuvieron que liberarlo.

Los vecinos decidieron tomarse la justicia por su mano, sin tener en cuenta que la policía trataría de protegerlo. Todo concluyó en una revuelta que tras varios disparos al aire una bala perdida terminaría con la vida de una persona.

Este suceso no es tan extraño como parece, y no hablo del abuso policial, sino de una multitud que intenta tomar la justicia por su cuenta, sin importar las consecuencias.

Durante mi visita a Tanzania, los niños me contaban como una vez el autobús escolar había quedado detenido porque un grupo de personas estaban apaleando a un joven que había robado unas simples sandalias.

A todo esto hay que añadir la imposibilidad de detener a la muchedumbre, ya que si comienzas a defender a la persona que están apaleando pensarán que estabais compinchados, y terminarás siendo el siguiente objetivo.

Obviamente, no se trata de algo que ocurra en cada esquina, ni lo verás durante tu viaje de safari por África, pero existe.

Esto es conocido como “mob justice” y no hay más que deletrear la dichosa palabrita, para encontrar un sinfín de resultados, ya que internet está repleto de videos donde se ven sucesos de este tipo, no solo en Kenia o Tanzania, sino por todo el continente.

Este problema que afronta África, no define ni mucho menos al continente dónde en la gran mayoría de las ocasiones te recibirán con una sonrisa.

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